Puede parecer el nombre de un par de mascotas o de alguna caricatura. Lo primero no, aunque bien visto, no quedan mal como calificativos cariñosos. Pero pueden quedar mejor en lo segundo, si bien sería la caricatura tragicómica de un fenómeno social con tintes alarmantes.
En la actualidad una botella transparente con agua para beber, forma parte del equipo diario de millones de personas en cualquier parte del mundo. La publicidad y la mercadotecnia han cumplido su objetivo: agua es igual a cultura y moda, además de sinónimo de salud al satisfacer la sed. Pero van más allá, porque según la marca es el bienestar y la energía que obtiene la persona; promesas que llegan hasta una bella silueta o cuerpos atléticos.
Son evidentes las bondades y propiedades que el agua nos brinda: vitaminas, minerales, beneficios al organismo y mucho más. ¿Pero qué hay detrás de una botella con agua, cuántos factores intervinieron en su cadena de producción hasta el momento de compra y dar vuelta a la tapa, cumple con los estándares de pureza y todas las demás virtudes prometidas?
Su producción y distribución implica un alto consumo de energéticos, emisiones contaminantes a la atmósfera y contribución a la generación de gases de efecto invernadero (GEI)
Los antecedentes del agua embotellada se remont
an a 1826 en el pequeño pueblo francés de Evián, a cuyos manantiales les atribuían propiedades benéficas. Con el paso de los años se extendió la costumbre hasta dar paso a una industria que en la actualidad factura alrededor de cien mil millones de dólares anuales.
México alcanzó en este 2010 el primer lugar mundial en consumo de agua embotellada per cápita, calculado en doscientos treinta y cuatro litros al año, desplazando al refresco en el que tiene un honroso segundo lugar con ciento cincuenta litros anuales per cápita y desde luego a la cerveza y a la leche.
Al creciente consumo de agua embotellada también lo favorece la deficiente y escasa infraestructura en las redes públicas de distribución del líquido y la falta de higiene en tinacos e instalaciones domésticas. La poca continuidad en las campañas de salud y ni qué hablar de las educativas. Un factor clave ha sido la incertidumbre de la población acerca de la calidad del agua en la red municipal. Aunque las autoridades aseguran que el ochenta y cinco por ciento del agua suministrada es apta para el consumo humano, han desaparecido los bebederos públicos existentes hasta hace no mucho tiempo.
Datos oficiales mencionan que de trescientas diez marcas, un ochenta y cinco por ciento no cuentan con la infraestructura y los controles sanitarios para garantizar la higiene y seguridad requeridas. La calidad de nuestra agua está en el lugar ciento seis de las peores calidades a nivel mundial.
El costo promedio de una botella con agua es de diez pesos, que pueden llegar hasta veinticinco dependiendo del lugar; tres veces más que un litro de gasolina. Y si la presentación es de lujo cuesta treinta pesos. Por familia se calcula un gasto anual promedio cercano a los dos mil pesos en la compra de agua y casi once millones de mexicanos no tienen acceso al agua potable.
El agua embotellada, según algunos científicos, está muerta por estar en un recipiente durante mucho tiempo y recientemente se le aplica cierta cantidad de radiación para eliminar contaminantes y microorganismos, aunque no necesariamente es de mejor calidad que la de la llave.
Del desecho masivo de envases plásticos se derivan otros problemas. Durante 2009 se desecharon casi ocho mil millones de botellas de pet de agua embotellada, agudizando los problemas de generación y manejo de basura sólida, focos de infección, azolve de drenajes y complicaciones de salud. El desecho diario representa un poco más de veintidós millones, calculando una botella por litro.
Ochenta por ciento van a tiraderos a cielo abierto, orillas de carretera, cuerpos de agua y a los lugares más insospechados.
Esta generación de desechos disminuiría con programas sustentables para mejorar la calidad de agua que se envía a la población y controlar las fugas en los sistemas que la distribuyen, cuyas pérdidas se calculan hasta en un cuarenta por ciento. A los gobiernos les significaría una mejor distribución de sus presupuestos construir redes con tecnología de última generación que provean agua potable con calidad suficiente para el consumo de la ciudadanía, que invertir cantidades millonarias en problemas insolubles como los rellenos sanitarios en donde el pet ocupa extensos espacios sin degradarse, desazolvar los sistemas de alcantarillado para evitar inundaciones de imprevisibles consecuencias, auxiliar a la población cuando resulta damnificada en bienes e inmuebles y proporcionarle atención médica.
La forma: pensar en la economía familiar, los beneficios para la salud y el medio ambiente.
El fondo: cambiar la cultura como consumidores, evitar modas y fortalecer la conciencia ambiental, porque: TODOS SOMOS NATURALEZA.
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